A menudo solemos quejarnos de la situación crítica de la cultura en nuestro país, de las carencias y deficiencias en diferentes áreas de nuestra sociedad. La conclusión a la que se arriba o la respuesta que se formula después de una trasnochada o fructífera conversación, diálogo o conferencia académica es: “Necesitamos cambiar de actitud, cambiar nuestra manera de pensar”. No solo eso, una vez que se llega a esta conclusión, aplazamos la ejecución de esta solución para el futuro, es decir, hacemos poco o nada por realizar verdaderamente un cambio de modo de pensar.

Pero justamente no hemos reparado en la actividad a la que por definición le corresponde propiciar en el hombre el ejercicio de pensar, relacionar o proporcionar soluciones. La filosofía no es solo un saber histórico, parte de las humanidades, sino una práctica constante de la actividad racional en la que todos nos involucramos en cuanto seres humanos. Sin embargo, no hemos reparado en qué cursos se dedican a formar y ejercitar la actividad racional desde la escuela. Una comprobación básica nos dirá que efectivamente no hay tal curso.
Los momentos previos y posteriores al conflicto interno que se produjo en nuestro país hicieron que se relacione a la filosofía únicamente con el marxismo o el maoísmo, y de esa manera se vinculó necesariamente la vocación filosófica y crítica con una opción política. Todo intento de reflexión era censurado y tildado de político, o, específicamente, senderista. Por ello, la enseñanza de la filosofía fue censurada en la escuela y en la universidad. Finalmente, en el 2000 fue retirada del programa oficial de los colegios y actualmente está reducida a un par de lecciones generales.
Si miramos el programa curricular de secundaria vigente encontramos solo 13 veces la palabra hombre, y de estas 13, siete veces está relacionada con el curso de religión. Al inicio, dicho programa, al referirse a la concepción del estudiante de secundaria, dice: “En el nivel de Educación Secundaria se atiende a los púberes y adolescentes, cuyas edades oscilan entre 11 y 17 años aproximadamente. En esta etapa los estudiantes experimentan una serie de cambios corporales, afectivos y en su forma de aprender y entender el mundo”. (Ministerio de Educación: 313).
¿Cómo puede un joven entender de manera amplia y sin prejuicios el mundo? ¿Cómo puede establecer su relación con el mundo y con los demás si no conoce la filosofía? ¿Cómo puede entender el avance de la tecnología en el mundo actual si no tiene conocimiento de la historia y sentido de la ciencia?
En la Constitución Política del Perú se señala que existe el derecho “ (…) a la libertad de conciencia y de religión, en forma individual o asociada. No hay persecución por razón de ideas o creencias. No hay delito de opinión. El ejercicio público de todas las confesiones es libre, siempre que no ofenda la moral ni altere el orden público”. (Cap. 1, Art. 3). También dice que el ciudadano tiene derecho “(…) a mantener reserva sobre sus convicciones políticas, filosóficas, religiosas o de cualquiera otra índole, así como a guardar el secreto profesional”. (Cap. 1, Art. 18). Dentro de este espíritu de libertad intelectual debemos considerar seriamente la inclusión de la filosofía y de la historia de la ciencia en los planes curriculares oficiales, y de esta manera enseñar a pensar, analizar, criticar, pero principalmente a saber plantear problemas y proponer las alternativas de solución para estos. Solo así impulsaremos parte del cambio que tanto anhelamos.
*Este post es una colaboración de Christian Córdova, docente de la Universidad Privada del Norte.
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