Cartas de Adán

La historia de las cartas empieza en el hospital Víctor Larco Herrera a fines de la década de 1930. Un paciente, agobiado por la bohemia, una familia conservadora y fantasmas interiores, se ha recluido voluntariamente en este nosocomio para terminar su tesis doctoral que sustentará con éxito en 1938 y publicará treinta años después.

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Su vida en el hospital transcurre con la monotonía de los días sin esperanzas, entre vecinos que evade con algo de lástima y rencor, entre lecturas de los clásicos que recuerda haber leído con sus compañeros de escuela en lenguas originales. Cuando se encuentra con una mejor disposición de ánimo recibe a sus familiares y les habla de sus proyectos más preciados. Cuando se encuentra con una mejor disposición de ánimo, piensa en los amigos que no ve desde hace un buen tiempo, coge un papel y les escribe una carta: “No puedes imaginar en qué medida comparto tu dolor. No sé si sabes que Enrique fue mi primer amigo: lo fue al tiempo que yo no podía saberlo tal. Mi familia y yo, recién nacido, vivíamos en Chorillos, en la calle de Lima, en una casa que el terremoto de 1940 hizo desaparecer. En frente vivían los Dibós y mi tía Mina solía llevar consigo y a estar conmigo a Enrique, que entonces andaba apenas. Nuestra amistad en el Colegio Alemán y en la Universidad de San Marcos no hizo sino mantener y desarrollar esa relación, como fraternal, de la primerísima infancia”. Se trata de una misiva a José Dammert, Obispo de Cajamarca entre 1962 y 1992, lamentando el fallecimiento de Enrique Dammert.

También, cuando el ánimo se lo permite, se da tiempo para responder las cartas enviadas por los estudiosos de su obra: “Ante todo he de agradecer muy sincera y vivamente su interés por mi obra literaria. Y he de rogar a Ud. tras de pedir perdón, que me dispense de recibirlo en esta clínica en donde, como por simbiosis, me siento y a mí mismo casi, casi, uno de mis alucinantes vecinos. Por lo demás, soy un humano como los de por la calle que verifica sobre su experiencia y procura hacerlo con alguna precisión gramatical”. Carta dirigida a Hubert Weller, autor del estudio bibliográfico más importante sobre Martín Adán, quien vino al Perú en la década de 1970 a conocer al poeta, pero no consiguió su cometido. Se fue dejándole una pregunta desgarradora a Mejía Baca, librero y amigo personal de Adán: “Dígame la verdad, don Juan, ¿Martín Adán, existe?”

Sin embargo, un día no soporta más la monotonía del nosocomio y retorna a la bohemia, a la soledad de la mesa vacía, mira a sus nuevos vecinos con igual lástima y rencor, pide una bebida para refugiarse en la embriaguez y unas servilletas, en estas contesta a una tierna misiva de la escritora argentina Celia Paschero, en donde esta le pide datos de su vida, con un magnífico poemario, Escrito a ciegas. Carta a Celia Paschero:

¿Quieres tú saber de mi vida?

Yo sólo sé de mi paso,

De mi peso,

De mi tristeza y de mi zapato.

¿Por qué preguntas quién soy,

Adónde voy?… Porque sabes harto

Lo del Poeta, el duro

Y sensible volumen de ser mi humano,

Que es un cuerpo y vocación,

Sin embargo.

Pero la ciudad también lo abruma. Lima ha dejado de ser la ciudad limpia y amable que lo vio nacer, para convertirse en un lugar sucio y hostil que se burla de su gabán y su sombrero, de sus modales de niño bien, de alumno destacado del Colegio Alemán. Entonces, toma el último tranvía y enrumba a la Magdalena y se repite el ciclo de refugio y rechazo que le proporcionan el nosocomio y la ciudad.

Cartas y poemas se habrían perdido por la desidia de Martín Adán. Habrían terminado en el tacho del bar Cordano o en el del hospital Larco Herrera. Pero el poeta no está solo, tiene a dos amigos que saben de la valía de los manuscritos y los guardan como un tesoro invalorable. El primero, Ricardo Arbulú, bibliotecario y secretario de la Dirección del mencionado nosocomio acopia todo el material que encuentra en los pasillos del hospital o en la habitación de Adán.  La conservación de los manuscritos entre 1930 y 1960 se la debemos a él. En 1960, a pedido del poeta, Arbulú entrega los papeles a Juan Mejía Baca. Este, como editor de Martín Adán, acrecienta los manuscritos hasta 1984, fecha en la que los dona a la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), formándose así la Colección Martín Adán de dicha universidad.

Martín Adán. Cartas escogidas (Lima, Fondo Editorial de la PUCP, 2015) es la autobiografía esencial de su autor, el testimonio de una desinteresada amistad, la puerta de ingreso a una obra de primerísimo nivel que el lector tiene ante sí.

* Este post es una colaboración de Andrés Piñeiro, docente de la Universidad Privada del Norte.

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