Paul Feyerabend, filósofo austriaco interesado en la historia, método y fundamentos de la ciencia, insufló nuevos aires a la reflexión epistemológica contemporánea. Sus planteamientos, rebosantes de ironía y agudeza, como suele decirse, no dejaron títere con cabeza. Su principal blanco lo constituyó la ciencia, aquel tipo de conocimiento que desde Galileo ha hecho posible el dominio cada vez más creciente del entorno y también su progresivo deterioro. Su reconvención también alcanza aquella facultad entronizada desde la lejana Grecia de Sócrates, Platón y Aristóteles: la soberbia razón occidental.

En un pasaje de La ciencia en una sociedad libre, obra publicada en 1978, Feyerabend diría que no quiso convertirse en un «negrero». Y lo hacía al momento de narrar los pormenores de su experiencia dictando clases en la Universidad de Berkeley, cuando a ellas asistían para escucharlo atentamente negros, indios y latinos. Quizá éste haya sido el momento en que nació en él aquel amargo desapego frente a la ciencia que a partir de ahí haría manifiesto sin embozo; aquel visceral rechazo de este quehacer considerado por las esclarecidas mentes tecnócratas de occidente como la máxima creación de la razón humana.
Sus inicios en la filosofía fueron inopinados. Cuenta Feyerabend que teniendo frente a sí una ruma de libros que le estaba siendo ofrecida por un precio de ocasión en una librería de viejo, montón en el que en medio de novelas y dramas había algunos libros de filosofía, condescendió en llevarse éstos también. A fin de no sentir que había desperdiciado su dinero, también los leyó. Sencillamente, quedó fascinado. Desde ese momento dedicaría sus mejores esfuerzos a desarrollar una visión muy singular acerca de la ciencia y su método.
Antes de esto había estado muy interesado en astronomía, afición que tuvo que dejar en espera a raíz de la irrupción de la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió. Fue herido, condecorado con la Cruz de Hierro, y como producto del daño generado por las balas arrastró, hasta su muerte, una lesión que le causó impotencia sexual, molestos dolores fugitivos y la necesidad de caminar apoyado en un bastón.
Estudió, becado, canto y dirección escénica. Estuvo a punto de convertirse en asistente de Bertolt Brecht, pero rechazó la propuesta, decisión de la que se arrepentiría profundamente. Estudió astronomía, física y filosofía. Fue, en principio, un entusiasta propugnador de posturas del todo compatibles con el positivismo lógico, y, más tarde, su más enfervorizado censor. Un rumbo semejante seguiría frente al racionalismo crítico de Popper, cuyos planteamientos, más tarde, convertiría Feyerabend en blanco de sus más aceradas críticas.
Amigo entrañable de Imre Lakatos, su amistad con él fue el pretexto para escribir uno de los libros más singulares del panorama de la filosofía de la ciencia del siglo XX: Contra el método. Obra contracultural por definición, Contra el método fue objeto de furibundas críticas que abismaron en la depresión a su autor, pero que, al mismo tiempo, lo convirtieron en figura señera en el panorama de la epistemología.
Hallamos en esta obra la exposición de lo que Feyerabend llama epistemología anarquista: una propuesta teórica que impugna la existencia de un supuesto método científico como expresión de un catálogo de procedimientos racionales, objetivos y sistemáticos sobre la base de los cuales se desenvolvería la investigación científica. No: Feyerabend dirá que el científico es un «oportunista» que emplea cualquier recurso heurístico cuando hace ciencia. De allí que lo más útil y realista en términos de método sea promover el empleo de cualquier procedimiento. En los terrenos de la ciencia, por tanto, debe afincarse el principio «todo vale» (anything goes).
En algún momento, Feyerabend incluso llegó a considerarse un dadaísta. El filósofo austriaco, en virtud de dicha caracterización, se veía a sí mismo como un pensador empeñado en dejar sin fondo la rancia tradición de un petulante empresa científica que se pretende enteramente racional; un filósofo que está dispuesto, incluso, a despojar de seriedad a sus propios planteamientos; en fin, un filósofo que busca dar sustento a la idea de que la ciencia occidental no es el único depósito privilegiado de conocimientos, sino una tradición más entre otras. Según esto último, el vudú, la medicina tradicional china o los rituales de los indios hopi, por ejemplo, deberían gozar del mismo nivel de nombradía o, al menos, ser susceptibles de recibir el mismo nivel de difusión del que goza la investigación científica occidental.
Paul Feyerabend murió en la clínica Genolier, en el cantón de Vaud, en los Alpes suizos, un 11 de febrero de 1994. En 1993 le había sido diagnosticado un tumor cerebral inoperable. Durante el año que medió entre el descubrimiento de su enfermedad y el momento en que abandonó esta vida, escribió un texto autobiográfico con un título irónico, muy a su estilo: Matando el tiempo, que sería publicado póstumamente.
* Este post es una colaboración de José Antonio Tejada, docente de la Universidad Privada del Norte.
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