El otro día conversaba con un colega y me contaba casi indignado que uno de sus practicantes fue a la oficina en jeans y zapatillas, y que cuando le cuestionó su indumentaria le contestó suelto de huesos que como estaba con un saco, había venido con un “look” casual.
Esta conversación casi superficial y que podría pensarse que es un cotilleo de señoras de alta sociedad tiene más importancia de lo que a simple vista podría pensarse. Muchas veces se dice que lo importante es la esencia, el conocimiento y que no importa la tapa o apariencia. La verdad es que en tiempos como los actuales dicha afirmación es solo una manifestación de buenas intenciones, ya que la primera aproximación que se tienen de las cosas y personas es visual. Por tanto, la primera impresión sí cuenta.
Esta idea las empresas la entendieron muy bien hace ya muchos años y hoy la aplican a su estrategia comercial para la venta de servicios y productos. En el caso de las personas, también aplican lo indicado, aunque no todos son conscientes de ello y esto puede ser la diferencia entre desarrollar una carrera más o menos exitosa.
La idea básica es que, así como un producto se vende, las personas al interrelacionarse con otras personas también están vendiendo. Ojo que este concepto de “venta” y estrategias es más amplio que sólo usar saco o corbata para ir a trabajar. El llamado marketing personal implica más cosas, desde el comportamiento, el trato que se le da a las personas, incluso la vestimenta. En las siguientes líneas abordaremos uno de sus aspectos, la vestimenta.
Volviendo al relato, el practicante replicó a su jefe la razón del cuestionamiento, finalmente tanto él como los clientes contratan al practicante o profesional por lo que sabe, no por como se ve. La lógica del practicante es infalible si se establece sólo una relación de causa efecto; es decir, tiene razón: el cliente contrata al profesional por su capacidad profesional.
Sin embargo, salvo que sea el mejor abogado, contador, administrador o cualquier profesional y que las personas vengan a buscarlo porque sin usted no podrían hacer nada, la realidad es que todos los profesionales se desempeñan en un escenario de alta competencia, en el cual los detalles hacen la diferencia para obtener un contrato o cliente, y uno de esos detalles es la vestimenta. Descuidar esa parte podría dar ventaja a los competidores.
Al cuestionamiento del practicante, el jefe contestó que cuando lo entrevistó no sabía si seleccionarlo a él o a otro chico, las notas eran parecidas, la experiencia también, el examen de actitud igual. Lo que fue determinante es que uno vino a la primera entrevista en ropa deportiva porque salía de un campeonato de la universidad y el otro no. Ante tanta paridad el criterio que definió fue una primera impresión, el modo en que vestían.
El ejemplo parece extremo, arbitrario e injusto, demasiado subjetivo dirían algunos, pero lo cierto es que a menudo se aplica este tipo de criterios. En este caso había toda una evidencia objetiva de la capacidad de los dos postulantes, pero la diferencia la hizo un detalle aparentemente menor.
En resumen, es importante preocuparse por el tema de la vestimenta como parte del cuidado que una persona debe tener de su carrera o negocio, aunque aquí cabe una aclaración: esto no quiere decir que debe usar traje o corbata siempre. Todo lo contrario, la vestimenta se debe determinar en función a la ocasión, y ello implica no sólo qué prenda escoger sino incluso qué color vestir, pues también la vestimenta transmite un mensaje, quiere decir algo de la persona, es una forma de comunicarse. Es decir, el truco consiste en determinar la situación y en función a ello la vestimenta a usar. No basta con ser una buena opción, también hay que aparentar serlo.
*Este post es una colaboración de Héctor Eduardo Véliz Lázaro, docente de la Facultad de Negocios de la Universidad Privada del Norte.
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