La actitud es parte del mundo de los negocios emprendedores, explica en gran medida su éxito y es motor de impulso permanente. Quien emprendió una vez, probablemente emprenda siempre. Emprender se constituye en estos tiempos en una forma de vivir.
Hace poco más de 20 años me sumergí en mi primera experiencia emprendedora y junto a una colega del pregrado desarrollamos un negocio de venta de yogurt frutado, diríamos hoy, tipo delivery. Habíamos implementado una nueva “receta” de producción algo costosa, pero que nos daba un delicioso producto innovador. La experiencia duró cerca de dos años. Eran tiempos sin internet, sin mensajería instantánea y con escasa presencia del celular en nuestras vidas. Sin embargo, en algún momento nuestra capacidad de producción llegó a ser desbordada por la solicitud de pedidos. El contacto para el pedido era de palabra y con una semana de anticipación. Sin querer habíamos innovado también al llevar los pedidos hasta la puerta de las casas de nuestros gentiles clientes, de las oficinas de nuestros amigos o del gimnasio donde hacían deporte. Nuestro producto se asociaba a nosotros y la capacidad para ofrecerles un producto sano y natural en forma directa.
Sin embargo, mirando en retrospectiva esta feliz experiencia compruebo que nuestra innovación no tuvo respaldo en varios aspectos que hoy conocemos y vemos con mayor claridad, como el desarrollo de una marca.
Esa nueva “receta” de producción se pudo patentar y asociar a una marca, a un nombre que no sea precisamente el de nosotros. El tipo de atención y la forma cómo llevábamos los pedidos también era una clara ventaja competitiva y quizás no supimos comunicarla en su momento, o probablemente no teníamos conciencia plena de su efectividad. Imaginemos en estos tiempos un aplicativo de celular para agilizar el delivery, donde luego de hacer clic sobre la marca o el logo podamos digitar el pedido. Muy efectivo como vemos.
En estos tiempos, los innovadores que desarrollan startups procuran encontrar una forma diferente en que los usuarios consuman un determinado producto o servicio y es asociado a una marca y un modelo de negocio. La idea posterior es expandir el modelo y hacerlo escalable en muchas partes. A partir de esto se inicia la competitividad. Allí probablemente fallamos, no hicimos un modelo expandible y no comprometimos a más personas con nuestra idea. Con una marca y un posicionamiento en formación y crecimiento, la idea no era que nos recomienden a nosotros, sino a la marca.
La competitividad está estrechamente relacionada con crecimiento económico y prosperidad, pues se sustenta en que somos capaces de crecer y ser prósperos haciendo un manejo eficiente e inteligente de nuestros recursos y sobre todo conferirles valor. Digamos que es un síntoma de una sociedad que tiene propuestas y actitudes empresariales con visión transformadora.
Echando un vistazo a las cifras macroeconómicas del Perú, observamos una tendencia a las cifras positivas. A pesar de los golpes de la naturaleza y la poca visión ejecutiva de quienes comandan nuestra economía, según el BCR el estimado de crecimiento económico de este año llegará a 3,5%. Para finales de este año, la inversión privada debe expandirse a un 5%, lo cual debería impulsar el PBI, incrementándose las exportaciones y el consumo privado. ¿Pero podemos afirmar que estas cifras guardan relación con nuestra competitividad?
Michael Porter, en su visita al Perú el año 2010, ya había dicho que nuestra estabilidad macroeconómica sigue siendo excesivamente dependiente de la venta de los “commodities” y nos invitaba a mejorar sustancialmente nuestra competitividad. En los países del primer mundo sucede a la inversa: la mayor parte de sus volúmenes de exportación son de productos manufacturados o transformados. Estas economías le trasladan al mundo productos innovadores y con valor agregado. Siete años después podemos plantearnos ¿qué y cuánto hemos innovado como país? o ¿cuánto hemos innovado en nuestras organizaciones?
El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) emite todos los años el Reporte de Competitividad Global en base a 12 pilares de análisis. El último de ellos, correspondiente al periodo 2016-2017, nos sitúa en la posición 67 de 138 economías. Pero cuando revisamos la información de los pilares directamente vinculados con la sofisticación y sistematización del negocio (pilar 11) y la innovación (pilar 12) vemos lo siguiente: en el pilar 11, nos ubicamos en la posición 78 de 138 economías (segunda mitad de la tabla) y en el pilar 12, estamos situados en la posición 119 de 138 economías (último cuarto de la tabla).
Es decir, la tarea de innovar para crecer resulta aún cuesta arriba. Las empresas peruanas grandes y pequeñas han hecho poco o nada por el desarrollo de nuevas ideas. Además, tenemos que el Perú se encuentra en clara desventaja cuando vemos que la inversión en innovación, ciencia y tecnología equivale al 0,15% del PBI aproximadamente, mientras otros países de la región invierten un porcentaje más alto. Para darnos una idea comparativa de nuestra realidad, el Reporte de Competitividad Global para este mismo periodo en el pilar 12 de innovación (donde estamos en la posición 119) sitúa a la economía chilena en la posición 63 de 138 economías y a la colombiana en la posición 79 de 138 economías.
Estos números son aleccionadores y más allá de lo que transmiten deben llevarnos a entender que a nuestra actitud emprendedora y de impulso permanente, mencionada al inicio de este artículo, debemos sumarle innovación capaz de aterrizar en la adaptación a los clientes, una madurez y diferenciación de nuestros productos que consolide el desarrollo de marcas, un correcto circuito comunicacional, nivel de desarrollo tecnológico y la inscripción de patentes que puedan robustecer y sofisticar las empresas y sus negocios.
Por supuesto que el Estado también tiene que asumir su parte impulsadora y facilitadora. La competitividad no se heredará mientras no innovemos desde la base. Al ser competitivas, las organizaciones peruanas habrán interpretado mejor al mercado y contribuirán a encaminarnos a la prosperidad como nación.
*Este post es una colaboración de Carlos Antonio Gamarra Chávez, docente de la Facultad de Negocios de la Universidad Privada del Norte.
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