En sociedad, el Estado reconoce que toda persona es un ciudadano. No obstante, muchas veces este reconocimiento es simple y llanamente “formal”, puesto que en la práctica las personas no asumen de manera consciente y oportuna dos aspectos fundamentales de todo “ciudadano real”, los cuales se sustentan en:
En la actualidad estamos rodeados de una cultura de ciudadanos imaginarios o formales, muy poco comprometidos con el quehacer y desarrollo de sus localidades, que califican a la política como sinónimo de corrupción o robo; sin percatarse que por naturaleza la política es parte de nosotros, es una cualidad humana que nos permite opinar y proponer soluciones sobre cualquier asunto público, y por ende a partir de ella podemos asumir un rol verdadero como ciudadanos responsables.
En ese sentido, la ciudadanía expresa o se constituye en una categoría política de la persona, donde la comunicación es fundamental como estrategia que dinamiza procesos de planificación, priorización e implementación de acciones entre los actores comprometidos, donde los ciudadanos y sus organizaciones deben asumir un rol primordial.
En razón de ello, los mecanismos de participación y comunicación ciudadana por excelencia, para asumir un rol fundamental en los procesos de concertación y toma de decisiones para el desarrollo de sus localidades son los siguientes:
En ambos mecanismos ciudadanos, las estrategias de comunicación -información, socialización, sensibilización y sistematización- son fundamentales para el logro de cambios oportunos que favorezcan el respeto de los derechos de las personas a partir de la mejora de sus condiciones sociales, económicas y ambientales, donde el poder ciudadano en marcha, vale decir el ejercicio de su naturaleza política, se ponga de manifiesto de modo organizado para este cometido.
*Este post es una colaboración de Alex Martín Gonzales Anampa, docente de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.
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