
Para quienes amamos la agreste y difícil geografía nacional, cuando se trata de conocer el Perú profundo -digamos la serranía- no hay nada que nos impida enfrentar ese reto. Me precio de ser un docente universitario que cada vez que incursiona en las profundidades de nuestro territorio siempre lo hace con la compañía vibrante y juvenil de sus alumnos. Con un grupo de ellos nos propusimos llegar a Succhabamba pese a que estábamos enterados del inicio de la temporada de lluvias.
La partida fue, desde Trujillo, a las cinco de la mañana. Por una carretera afirmada que corre al pie del río Chicama que baja de las alturas de Quiruvilca, nos adentramos en un territorio agreste, inhóspito y pedregoso propio de la serranía esteparia. Los cactus y las achupallas fueron nuestros acompañantes. El serpenteante río, a veces ancho con amplias playas, y otras angosto con estrechos cañones, es impresionante.
Luego de cinco horas llegamos a Compín, adonde yo regresé después de casi 20 años. Sigue siendo el pequeño pueblo en cuya plaza de armas se yergue un frondoso ficus. Quienes visitan este alejado paraje no pueden abstraerse de visitar su laguna ubicada a dos cuadras de la plaza.
En las alturas notábamos los cerros cubiertos de espesas nubes. Luego nos enteraríamos que por allí iríamos hacia nuestro destino. Acomodados en un camioncito emprendimos ese viaje “hacia las alturas” dejando abajo Compín. Ingresamos a la densa neblina de la que no saldríamos hasta el día siguiente. Sí, fueron dos días viviendo en medio de la neblina. Experiencia inolvidable. Ya en Succhabamba, luego de instalar nuestro campamento nos esperaba un nutritivo almuerzo, con una sopa caliente por supuesto. Por la tarde, pese a las dificultades de la visibilidad y en medio de una persistente garúa, caminamos por las chacras y las huertas. Conocimos la placita con su pérgola, el colegio, la iglesia con su campanario y el calabozo del pueblo. Sí, el calabozo a donde van a parar quienes, “pasados de copas”, se portan mal en las fiestas patronales. Interesante.
La noche se avecinaba fría y lluviosa, por eso la fogata la organizamos en el pasadizo del patio de una amplia casa que nos sirvió de refugio. Siempre es agradable una fogata en estas aventuras porque, aparte de integradora, sirve para conocernos más. En esta oportunidad me acompañaban alumnos de dos universidades y fue muy agradable escucharlos compartir sus experiencias en ese rincón tan olvidado de nuestra patria.
Luego de una noche lluviosa, al día siguiente tuvimos que esperar, por recomendación del chofer del camioncito, que la carretera “oree”; es decir, que se seque un poco para poder regresar a Compín. Y así lo hicimos. En el camino comprobamos que su consejo fue muy valedero pues por partes éste se tornaba intransitable. Salimos de en medio de las nubes casi en el mismo lugar que el día anterior habíamos ingresado a ella. Abajo vimos a Compín con su ficus en medio de la plaza y su laguna en la cercanía.
Después de almorzar, emprendimos el regreso a Trujillo por la misma ruta del día anterior. Habíamos compartido una experiencia quizás única en nuestras vidas. Dos días viviendo en medio de la neblina, comprobando que el Perú profundo es muy distinto al que estamos acostumbrados. Aprendimos que hay lugares no muy lejanos que no tienen bodegas, postas médicas, escuelas equipadas o callecitas asfaltadas. Y el peor castigo para mis juveniles acompañantes, lugares en los que ¡no hay señal para el celular!
*Este post es una colaboración de Iván La Riva Vegazzo, docente de la carrera de Administración y Servicios Turísticos de la Universidad Privada del Norte.
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