A mi modesto entender, un docente universitario de turismo debe buscar y encontrar inspiración para su cátedra visitando los recursos turísticos, como una forma de valorar su importancia.

Con motivo de las vacaciones anuales quise cumplir con una “cita” por mucho tiempo postergada, reencontrarme con las alturas andinas. Para ello escogí el lejano distrito de Bambamarca en la provincia de Bolívar a donde, en pleno siglo XXI, “no ha llegado el carro”.
Para mi cita con los Andes viajé a Cajamarca, seguí a Celendín, crucé el río Marañón en puerto Balsas y me adentré hacia la capital provincial. Las dieciocho horas recorriendo agrestes carreteras me obligan a rendir culto a la laboriosidad del hombre andino pues muchos kilómetros fueron construidos por los mismos pobladores antes que por la acción gubernativa.
Doce horas a lomo de bestia me separaban de mi destino. Acompañado de mi arriero Marven, sobre las ancas de “Piraña”, la mula que me condujo a Bambamarca, crucé inhóspitas punas, estrechos desfiladeros y peligrosas caídas de agua muy cargadas por las lluvias. Estas dificultades fueron en algo compensadas por los hermosos paisajes bajo el cielo azul serrano de inigualable matiz.
Bambamarca se ubica como en un balcón. Su aislamiento le ha permitido conservar el ancestral legado arquitectónico del uso de la piedra para sus construcciones. Muchas casas son de ese material y las demás son mitad piedra mitad tapial. También sus calles. Con justicia se autotitula “la ciudad de piedra”.

La asamblea popular que aprecié en la plaza de armas es lo más cercano a la auténtica democracia cuya esencia se ha perdido en las ciudades más “adelantadas”. Su antigua iglesia matriz es una joya única en todo el departamento. Lamentablemente, las paredes cubiertas de pinturas murales están a punto de desaparecer. Su alto techo a dos aguas es de ichu. A ella llegó Santo Toribio de Mogrovejo en su primer viaje pastoral entre 1584 a 1560. Un mural conmemorativo a esa santa visita corre el peligro de borrarse. Conserva retablos e imágenes antiguas como la construcción. Impresionante.
Habiendo admirado tanta belleza y compartido experiencias sintetizadas en la hospitalidad andina yo estaba más que satisfecho con mi “Cita en los Andes”. Concuerdo plenamente con el sentimiento de un viajero que admiro, don Fernando Belaúnde Terry, quien dijo, “Los Andes definen el Perú, el Perú es la Cordillera. Por eso nos deleita recorrerla una y otra vez, en sus alturas, en sus valles, en sus ríos. Por eso hemos dormido en el suelo en la humilde choza del pastor indígena, enclavado en la cumbre, compensados generosamente el frío y la fatiga al posar los labios sobre la tierra andina, en el éxtasis de una caricia filial al suelo patrio”.
Tenía que seguir camino hacia Huamachuco. Un pronunciado descenso de seis horas en otra mula me separaban de Calemar sobre el río Marañón. El tramo lo cubrí con mucha dificultad. Pese al cansancio acumulado me sentía feliz pues en mi mochila y en mi corazón traía valioso material para compartirlo con mis alumnos universitarios. Ojalá pueda regresar con ellos para que sientan la misma emoción que yo sentí en esta “Cita con los Andes”.
*Este post es una colaboración de Iván La Riva Vegazzo, docente de la carrera de Administración y Servicios Turísticos de la Universidad Privada del Norte.
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