
Hay que pedirle disculpas a la familia por ser periodistas, por habernos aferrado cínicamente a la teoría del apostolado, por negarles una vida “normal” que nos tenga domingos y feriados sentados a la mesa en chancletas, mirando películas con animaciones y maratones de series una y otra vez, con el teléfono celular olvidado en algún rincón de la casa por horas completas.
Hay que pedirle disculpas a la gente que está cansada de nuestras noticias publicadas en pos del interés público, pese a que dicho interés público es muchas veces el que menos le interesa a buena parte de esa gente.
Pero hay que pedirles disculpas también por darles lo que esperan con el viejo eslogan de Augusto Ferrando como bandera: “Esto es lo que le gusta a la gente”. Y es que hay que disculparnos con ellos, una y otra vez, por no darles la contra, por darles la carnecita sebosa y cancerígena bien servida mientras alistan los colmillos y la boca se les hace agua.
Hay que pedirles disculpas a todos aquellos que un día se convirtieron en villanos exacerbados por nuestra tinta, por esa satanización despiadada y casi sádica a la que fueron sometidos, con poca razón, con no poca razón y hasta con mucha razón.
Hay que pedirles disculpas a los lectores de ayer, hoy y siempre, por aquel atropello clamoroso a la sintaxis que se nos pasó, por aquel titular inflamado de humo, por aquella huachafería que creímos ingeniosa y lúdica, por aquel grosero error que hizo lagrimear a más de uno.
Hay que disculparnos con el respetable por aquella fotografía engorrosa, amoral y descarnada brillando con luz propia en medio de los quioscos de periódicos, socavando la humanidad de todos.
Hay que pedirles disculpas a todos por esa vanidad que nos embriaga a veces, por creernos la reserva moral del país, las estrellas de un cielo aciago, los elegidos y los mártires de la nada.
Hay que pedirles disculpas a todos, también, por habernos atrevido a reemplazar con ignominia en las páginas de papel periódico a los Vallejo, Mariátegui, Valdelomar, Palma y compañía.
Hay que disculparnos, otra vez, con nuestras familias, por los reveses de una carrera que no brinda lo que a veces ellos esperan, por esa ausencia de demasías.
Y hay que pedir disculpas, como diría Joaquín Sabina, por ser, sobre todo, felices. Sí, felices en medio de un oficio que es, a pesar de todo lo dicho y no dicho, el mejor de todos.
*Este post es una colaboración de Omar Aliaga Loje, docente de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte.
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