Rosenhan y el diagnóstico de la locura

rosenhan humanidades

El trabajo del psicólogo David Rosenhan (1929-2012) forma parte de un interesante estudio que criticó severamente la validez de los diagnósticos y tratamientos psiquiátricos de por aquel entonces (años 60-70). El experimento consistió en pedir citas médicas aduciendo presentar una manifestación psicótica (alucinaciones auditivas), en distintos hospitales de los Estados Unidos elegidos por él (públicos, privados, rurales, universitarios) que no tenían idea de su proyecto.

El mismo Rosenhan y un grupo de voluntarios –los pseudopacientes, personas sanas que fingían problemas mentales- fueron hospitalizados y medicados y obligados, una vez dentro, a aceptar que tenían una enfermedad mental y que debían tomar su medicación, a pesar que estas personas eran sanas, se comportaban bien, eran amistosos, colaboradores y declaraban ya no tener síntomas extraños. Los participantes utilizaron seudónimos, y aquellos que trabajaban en profesiones relacionadas con la salud mental (había psicólogos, pediatras y psiquiatras en el grupo) alegaron otra ocupación con el fin de evitar algún tipo de tratamiento especial. Además de dar falsos nombres y empleos, no se efectuó ninguna otra alteración de su biografía. Por otro lado, ninguno tenía antecedentes de enfermedad mental.

Luego de pasar en promedio tres semanas hospitalizados (algunos más), todos fueron dados de alta con un diagnóstico de esquizofrenia “en remisión”. Un diagnóstico que David Rosenhan consideraba como evidencia de que la enfermedad mental se percibe como una condición irreversible que crea un estigma para toda la vida antes que como una enfermedad curable o por lo menos manejable y no invalidante.

Algo interesante fue que si bien ningún especialista de estas instituciones “descubrió” a los impostores, sí lo hicieron algunos pacientes reales quienes pensaban que se trataba de periodistas o investigadores. Luego se conoció que los registros de estos hospitales indicaron que el personal interpretaba gran parte del comportamiento de los pseudopacientes como un aspecto de su conducta patológica. Por ejemplo, una enfermera etiquetó el hecho de que un paciente tomara notas como “el paciente se dedica a escribir” y lo consideró sospechoso cuando no patológico. Pensemos qué pasaría si de pronto una tarde alguno de ellos hablaba consigo mismo como lo hacemos muchos. Seguramente, era sospechoso de “locura” (para que suene más científico, de “verbalizaciones autodirigidas”).

La conclusión de Rosenhan y sus colaboradores fue que en un lugar percibido tradicionalmente como insano, como lo es una institución mental, hasta la persona más cuerda puede ser vista como un “loco”. Rosenhan no criticó que los simuladores fueran admitidos (finalmente en cualquier campo de la salud en general, y de la salud mental en particular, el diagnóstico se hace teniendo en cuenta la declaración de síntomas del paciente de quien no se puede sospechar que esté mintiendo) sino que la hipótesis de la enfermedad mental fuese mantenida a pesar de la buena salud mental aparente de los pacientes.

Rosenhan y los otros pseudopacientes denunciaron también la deshumanización, la invasión de la privacidad y el aburrimiento que sufrieron mientras estaban hospitalizados. Informaron que aunque el personal parecía bien intencionado, en general deshumanizaba a los pacientes; verbigracia, a menudo discutían sobre los pacientes en su presencia como si no estuvieran allí, y evitaban el contacto directo con los pacientes excepto cuando lo exigían sus obligaciones. Algunos ayudantes cometían abusos verbales y físicos hacia los pacientes cuando otros miembros del personal no estaban presentes. Tampoco recibían visitas. El contacto medio con los psiquiatras, psicólogos y residentes, todos ellos en conjunto, fue de una media de 6.8 minutos al día. El trabajo de Rosenhan generó fuertes controversias al ser publicado. Y coincidía con la voz alzada de los integrantes del movimiento anti psiquiátrico y del movimiento humanístico en Psicología de los años 70.

Recordamos haber visitado más de una vez el clásico hospital mental Víctor Larco Herrera y comprobar que no siempre las condiciones de vida y convivencia son las mejores en ese lugar. La indiferencia política y administrativa contrarresta las buenas intenciones de los profesionales de la salud que aún mantienen la promesa hipocrática de ayuda y respeto por el que sufre. Revisando textos académicos vemos que anteriormente era peor. Duele reconocer que no existe interés por la salud mental en nuestras instituciones, salvo algunas excepciones que se reducen a personal idóneo y especialistas conscientes y sensibles, pero como política pública no, como prioridad de los gobiernos no.

Luego de este trabajo de Rosenhan podemos preguntarnos: ¿Será que los diagnósticos médicos no son siempre tan exactos como suponemos? ¿Será que los síntomas están no tanto en el paciente sino en la mirada particular (propatológica) del “especialista”? ¿Cuántos médicos o cuántos psicólogos y psicoterapeutas podemos caer en esto mismo que encontró Rosenhan?

Hace algunos años en Estados Unidos, para la elaboración de un documental sobre usos y abusos de la medicina psiquiátrica, algunos pseudopacientes -con cámara de vídeo encubierta- nos mostraban como ante la misma queja recibían diferentes diagnósticos y diferentes recetas por parte de distintos especialistas consultados al mismo tiempo. Es decir, no había un acuerdo entre lo que aquejaba a muchas de estas personas y sin mayor examen que el llamado “ojo clínico” (siempre subjetivo y algo miope hay que reconocer) estas personas recibían recetas con la autorización para tomar no uno sino hasta cuatro psicofármacos al mismo tiempo.

Algunos plantean que este experimento, junto a otras críticas provenientes de los sectores más vanguardistas de la Psicología clínica, la Psiquiatría y la Sociología, aceleró el movimiento de reforma de los hospitales psiquiátricos y de desinstitucionalización del tratamiento de los enfermos mentales en la medida en que fuera posible.

Recordamos películas como Atrapado sin salida, con Jack Nicholson, o El sustituto, con Angelina Jolie, por mencionar solo dos de muchas que también han retratado cómo esos lugares creados para albergar, acompañar, tratar y disminuir las penas anímicas de sus ocupantes fueron de hecho empleados para controlar, violentar, chantajear y hasta quebrar a personas que quizá no merecían estar ahí.

Este artículo no pretende desprestigiar la práctica clínica de un psicólogo ni de un médico psiquiatra, tampoco negar la existencia de la enfermedad mental. Más bien nos invita a repensar cuántos estigmas tenemos nosotros mismos en la cabeza, cuánto influye en nosotros el trabajar cientos de horas con personas con problemas de salud mental y cómo podemos enfermar más (iatrogenizar) a algún paciente que confundido y preso de su angustia existencial saldrá del consultorio sabiendo ahora que tiene una etiqueta y que normal no es. Y lo peor de todo, que quizá nunca lo será.

Terminamos con lo que dijo David Rosenhan en una entrevista luego que su experimento fuera hecho público:

“Les dije a mis amigos, a mi familia: ‘Saldré de allí cuando tenga que salir, eso es todo. Estaré allí un par de días y luego saldré’. ¡Nadie tenía ni idea de que pasaría dos meses allí! El único modo de salir era aceptar que tenían razón. ‘Dicen que estoy loco, pues lo estoy, pero estoy mejorando’. Era una afirmación de la imagen que ellos tenían de mí”.

David Rosenhan en el programa de la BBC “The Trap” (2007).

*Este post es una colaboración de Manuel Arboccó de los Heros, docente de la Universidad Privada del Norte.

 

Whatsapp UPN